lunes, 10 de junio de 2013



TEXTOS DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA SOBRE EL ESPÍRITU SANTO





¿Quién es el Espíritu?
La Sagrada Escritura, el Magisterio de los Papas, de los Obispos y la experiencia de los santos de la Iglesia, nos dicen con diversos lenguajes que el Espíritu Santo es Dios como el Padre y como el Hijo. (CIC, 685). Es el lazo de unión entre ellos. Es el Amor increado que procede del Padre y del Hijo. Es la fecundidad y la Vida de Dios en la misma Trinidad. Es la santidad de Dios. Es la "emanación" constante de Dios en sí mismo. Es "el alma" del Padre y del Hijo. Es su voluntad. Es la "fecundación" divina de Dios que no ha tenido inicio ni tendrá fin.
La fecundación de Dios en sí mismo tiene su "origen" en la insondable perfección del Amor divino que, sin tener principio ni crecer, (pues es infinito), "genera" en Dios todas sus perfecciones eternas. El Espíritu Santo es la felicidad misma de Dios que "produce" y "renueva" todas las bellezas y los bienes divinos por toda la eternidad.
Todos los atributos del Ser divino son "emanados" por el Espíritu Santo pues, la sustancia de Dios es Amor, y el Espiritu Santo es el Amor personal de la Trinidad Santa. (cf. Concepción Cabrera de Armida, Diario Espiritual. Tomo 7, pp. 301-302, Inédito.)
El Espíritu Santo es el primer Don o Regalo de Jesús resucitado a los creyentes. Por eso es la fuente de todos los tesoros de la Gracia divina con los que somos divinizados. Los Sacramentos son la forma principal, (aunque no la única), con la cual su acción transformadora y santificadora se hace presente.
El Espíritu Santo es el constructor de la Comunidad de creyentes en Jesús. En cada sacramento imprime en nosotros algún rasgo que nos asemeja a Cristo. La Eucaristía es la obra maestra del Espíritu Santo pues en ella hace presente el mismo Sacrificio de la Cruz y de la Resurrección de Cristo.
Pablo VI habla de un modo espléndido del Espíritu Santo como alma de la Iglesia: “El Espíritu Santo es el animador y santificador de la Iglesia, su aliento divino, el viento de sus velas, su principio unificador, su apoyo y su consolador, su fuente de carismas, su paz y su gozo, su premio y preludio de la vida bienaventurada y eterna. La Iglesia necesita su perenne Pentecostés; necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada”.


¿Cómo actúa el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo ha realizado en María santísima el prodigio de la Encarnación del Verbo de Dios en nuestra humanidad. Con su poder le ha dado "el vestido" humano a Dios. Durante toda la vida de Jesús, Él fue su Guía y su Director que lo impulsaba a hacer la voluntad del Padre, a ayunar en el desierto, a orar, a evangelizar, a curar a los enfermos. Movido por el Espíritu, Jesús realizó una obra más grande que la primera creación: la re-generación de la humanidad mediante el ofrecimiento al Padre de su vida en oblación perfumada por una confianza infinita.
En los creyentes, el Espíritu Santo realiza lo mismo que hizo en Jesús: nos hace tener la experiencia de que somos hijos amados por Dios y suscita nuestra respuesta llena de confianza, de amor y de agradecimiento que nos hace exclamar: "Oh Dios, tú eres mi amado papacito, (Abbá) que me amas con amor eterno!" (cf. Rm 8, 15).
El Espíritu Santo vive en nosotros como el alma de nuestra alma y nos atrae con delicadeza para vivir de día y de noche con los mismos sentimientos, deseos, intenciones y anhelos de Jesús resucitado. Nos hace creaturas nuevas que viven bajo su acción transformadora. Por eso, aceptar ser conducidos por sus inspiraciones nos lleva a glorificarlo y a obedecerlo como hizo Jesús. La fidelidad a sus inspiraciones que nos conducen, hace que seamos convertidos en hijos de Dios. (cf. Rm 8,14).

¿Cómo nos da la Salud divina el Espíritu Santo?
En estos tiempos que se habla de epidemias y de enfermedades contagiosas, el Espíritu Santo es como el "experto medico divino" que nos inyecta la medicina de su caridad en nuestras venas para contrarrestar los "virus" de nuestras tendencias negativas que nos llevan a enfermarnos y hacen morir la caridad divina. Su acción terapéutica consiste en fortalecer un nuevo "sistema inmunitario" que es capaz de crear los "anticuerpos" que nos defienden de las agresiones invisibles del mal, del pecado y del demonio que quieren nuestra perdición o muerte eterna.
Por un lado, la acción defensiva de su gracia dispone nuestra voluntad para que nos alejemos de los peligros por medio de una percepción clara del error y del mal. Por otro lado, su acción curativa nos hace desear y realizar lo que Dios quiere para nosotros: la Salud eterna, la Vida abundante, la Vida de Dios en nosotros!
En el Nuevo Testamento la palabra griega que se usa para decir "Vida" no es "bios" que sirve para definir la vida biologica, sino "zoé" que tiene la acepción de Vida divina. Jesús dice que sus palabras son "pneuma kai zoé". Son Espíritu y Vida. Esta Vida de Dios es la que "el terapeuta divino" nos infunde cuando nos saca de nuestro aislamiento, de nuestras depresiones y de todas las oscuridades mediante las "antidepresivos" que son sus Dones. Con la "dieta" del alimento del Cuerpo y la Sangre de Jesús genera en nuestro organismo espiritual aquel "refuerzo inmunitario" que se manifiesta como fuerza, virtud, potencia para combatir los agentes patógenos que, con violencia y con terror, intentan enfermarnos. Sus medios preventivos y curativos son las "vitaminas" y las "enzimas" que ayudan a que nuestro metabolismo pueda asimilar y realizar con alegría lo que Dios nos manda.
Pero, hay algo más grande todavía. El Espíritu Santo nos purifica y contrarresta nuestras enfermedades "espirituales" con un verdadero y propio transplante de nuestro corazón de piedra con el Corazón de Cristo. Por si no bastara, realiza no solo la diálisis sino una completa transfusión de nuestra sangre debilitada por haber contraído la "inmunodeficiencia adquirida".
Gracias a que la misma Sangre de Cristo circula ahora por nuestras venas, el Espíritu Santo realiza en nosotros algo análogo a lo que hace en la Santa Trinidad: nos diviniza y nos santifica, pues su ser es creador y transformador. En Dios esta acción es "naturalmente divina" mientras que en relación a nosotros es "sobrenatural, gratuita y participada" por medio de la caridad que ha sido derramada en nuestros corazones. (cf. Rm 5, 5).


¿Cómo percibir y seguir la voz del Espíritu Santo?
El Espíritu Santo viene a curarnos de nuestras enfermedades que tienen su origen en nuestra dificultad natural para escuchar el susurro de su tenue voz. (Sordera). Sus "recetas" o inspiraciones resuenan y se escuchan sobre todo en la Palabra de Dios y en la oración, pues toda la Palabra de Dios ha sido inspirada por Él. Aunque el ruido de nuestros hábitos negativos, (vicios o tendencias de la carne), nos impiden percibir la dulce música sinfónica del espíritu, el Espíritu Santo nos enseña a orar y nos atrae hacia el bien con sus insinuaciones silenciosas en el ámbito de nuestra conciencia.
Para darnos "el tratamiento" que nos re-habilite para escuchar y realizar la Voluntad de Dios, (que consiste en amar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas y a nuestro prójimo con la misma caridad de Jesús), el Espíritu Santo nos hace oír un vivo deseo de vivir según los criterios de Jesús y de poner en práctica su Palabra. Esta es la grande "sanación interior" o sabiduría que Dios quiso revelar a los sencillos y ocultar a los sabios de este mundo. Los creyentes en Jesucristo resucitado le pertenecemos no solo porque fuimos bautizados y confirmados, sino porque sentimos como un imperativo interno el deseo de obedecer a su Palabra por amor y no por miedo.
La Sabiduría, la Ciencia, la Inteligencia, el Consejo y tantos otros Dones del Espíritu Santo, son como voces interiores que nos impulsan desde dentro a realizar la voluntad de Dios que consiste en nuestra santificación. Cuando uno es esclavo obedece por un motivo impuesto de manera coactiva y externa pues está sometido a un deber que, si no es cumplido, viene castigado. En cambio, el Espíritu Santo nos da la libertad de los Hijos de Dios que aman a Dios y aman su voluntad no por el temor, ni por el deber, ni por miedo al castigo, etc., sino por una afinidad o "tendencia sobrenatural" que nos orienta a amar lo que Dios nos promete y a creer con certeza absoluta que su ayuda y su asistencia será contínua e indefectible.
Por fortuna, el Espíritu Santo no se limita a sugerirnos qué hay que hacer, sino que también nos da la capacidad de hacer el bien y evitar el mal. El himno Veni creator lo dice en los versos: "mentes tuórum vísita, imple supérna grátia quae tu creásti pectora", infunde amor en los corazones y conforta sin cesar nuestra fragilidad. "Ductóre sic te praévio vitémus omne nóxium": contigo como guía evitaremos todo mal.
Cuando llega el felíz día en que finalmente aceptamos que Jesús es nuestro único Señor, somos llenados con una nueva efusión del Espíritu Santo y nos sentimos liberados de todas las condenas y culpas para gozar de la libertad de los hijos de Dios.
Por eso, si queremos salir de este tiempo de crisis, es imperativo creer en el Amor del Padre que nos ha amado en Jesús. Si consagramos de nuevo nuestra vida al señorío de Jesús, entonces Él nos dará una nueva experiencia de la anchura y la altura, de la profundidad y de la extensión ilimitada del poder de su Espíritu Santo. A su vez, nuestro médico divino, el Espíritu Santo, nos dará el tratamiento terapéutico adecuado para superar nuestra sordera espiritual, nuestra "inmunodeficiencia espiritual adquirida" y todas aquellas "enfermedades del espíritu" que, silenciosamente o con violencia y prepotencia, nos impiden entrar en la armonía producida por la fe y la confianza ilimitadas en la Palabra de Dios.
Recordemos que "el hombre animal o psíquico no comprende las cosas del Espíritu" y que igualmente, sin el Espíritu Santo los mandamientos de Dios son cargas pesadas imposibles de llevar. "Sin el Espíritu Santo Dios está lejos, Cristo está en el pasado, el Evangelio es letra muerta; la Iglesia, una simple organización; la autoridad, una dominación; la misión es propaganda; el culto, una evocación, y el obrar cristiano, una moral de esclavos. Pero en Él... Cristo resucitado está aquí, el Evangelio es fuerza de vida, la Iglesia quiere decir comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión es un Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el obrar humano está deificado”. (Ignazio Hazim).

¿Cómo ser dóciles al Espíritu Santo?
Para ser transformados en hijos de Dios, el Espíritu Santo nos ha regalado el Amor de Dios manifestado en Jesucristo, Señor nuestro. (cf. Rm 8, 39). Nos ha invitado a pertenecer al Reino de Dios. Este Reino no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo. (cf. Rm 14, 17).
El Espíritu Santo nos regala la caridad para que los hijos de Dios seamos dóciles a su acción unificante en la fraternidad. Dios quiere que tengamos vida abundante y eterna y que seamos capaces de establececer relaciones humanas sanas, libres, llenas de armonía, solidaridad, justicia, benevolencia, servicio, alegría, paciencia, generosidad, etc. (1Cor, 13, 1-13).
El Espíritu Santo nos hace sentir una seguridad interior de ser amados a tal punto que, las tendencias del "hombre viejo" son expulsadas por la confianza más que por el miedo. Es como si sus "vacunas de amor" provocaran una aversión interior (hoy diríamos alergia), al odio, a la envidia, a los celos, a las discordias, a las rencillas y a toda clase de desordenes que nos envilecen. (cf Gal 5,19-25).
El Espíritu Santo nos transforma en Cristo también por medio del odio al mal, por la penitencia, por la limosna y por la compasión hacia el hombre caído en el error y en el pecado. El Espíritu Santo nos hace solidarios con nuestra humanidad que sufre porque "fue asaltada por los ladrones", pero tambien nos hace probar el dolor de Cristo, sus dolores internos provocados por nosotros sus hermanos "malhechores, homicidas, idólatras, infieles, injustos, sacrílegos, ateos, vengativos, hipócritas, avaros, traidores, orgullosos, soberbios e indiferentes, etc.", que con nuestra ingratitud, nuestra desconfianza y nuestra dureza, entristecemos al Espíritu y caemos en el serio riesgo de perder definitivamente la vida eterna conquistada con su Sangre preciosa...
Para consolar al Corazón de Cristo, el Espíritu Santo nos da un corazón lleno de misericordia sacerdotal, (tal como es el Corazón de Jesús), capaz de vencer el mal con el bien y el error con la verdad. Por eso, con sus sentimientos propios de un sacerdote capaz de compadecerse de nosotros, suscita en nosotros la oración solidaria de intercesión que pide con insistencia la salvación de todos los hombres, sean ellos/ellas "justos o pecadores, crucificados o crucificadores, víctimas o verdugos"...(cf. Lc 15,7; Mt 5,43-48; 6,14)
El Espíritu Santo nos llama así a reproducir en manera supletiva las virtudes que faltan en nuestro mundo y en nuestra Iglesia. Con amor y solo por amor infunde su caridad oblativa que nos hace vivir la fidelidad en favor de aquellos que no la viven; nos impulsa a santificar cada acción para suplir la falta de santidad de los consagrados, de los sacerdotes o de los laicos, etc. (cf. Mt 7,7-11)
El Espíritu Santo nos conduce a ofrecerle nuestro cuerpo y nuestra sangre como una humanidad extensiva a la sagrada Humanidad de Cristo para que sea el mismo Jesús a vivir en cada uno de nosotros su misma mansedumbre, su misma humildad, su generosidad y todas sus virtudes que continúan a salvar hoy a México, al mundo y a la Iglesia. La salvación del mundo no llegará en una forma mágica ni por un decreto legal ni por alguna acción externa o impositiva.
La "sanación-santificación" de nuestro mundo se hará presente a través de la humildad de Cristo que continuará a salvarnos mediante el grano de trigo que cae en tierra para morir y dar fruto, es decir mediante la purificación que nos hará morir a todo lo que no nos deja vivir la vida de Dios. Esta es la misión del Espíritu Santo: generar nuestra sanación espiritual y nuestra santificación personal en modo no aislado o individualista sino en manera común y solidaria: eclesial.
"Jesús Salvador de los Hombres, sálvalos, sálvalos" es el grito que suplica al Amor de Dios que nos dé su luz y su fuerza a cada uno de nosotros para que trabajemos con tesón hacia la transformación de nuestra Cultura de la muerte en una Civilización del Amor, aunque este empeño implique pagarlo con la vida misma!

¿Podemos entristecer al Espíritu Santo?
En alguna medida todos hemos desobedecido al Espíritu Santo pues somos frágiles. La única persona que no lo ha hecho es la Vírgen María pues, Dios la preservó desde su Concepción inmaculada de las consecuencias del pecado que sufre todo el resto de la humanidad. Nuestro Dios sabe que nos pueden llegar momentos de desaliento, de flaqueza y de cansancio, pero nos advierte que si abusamos de la misericordia de Dios, podemos llegar al extremo de "pecar contra el Espíritu Santo", que es una condición terriblemente dañosa pues consiste en el rechazo libre y voluntario de las innumerables exhortaciones a la conversión. (cf.Lc 12,10; Mc 3,28)
Vivir una vida desordenada y lejana de los sacramentos es la vía descendiente que nos conduce al odio, a la soberbia, a la indiferencia, a la desconfianza, a la malicia, a la ruinidad, a la infidelidad y a la dureza de juicio. Este camino desemboca tarde o temprano en la obstinación en el mal y en la impenitencia final. Dios nos quiere librar de estos males que ya, desde esta vida, hacen entrar el infierno en nosotros y por eso nos llama y nos atrae con la Cruz, con la Gracia, con el Amor y con tantos medios hacia la perseverancia, la oración, la penitencia, la caridad, el perdón, etc. (cf. Concepción Cabrera de Armida, De las Virtudes y los Vicios, Concar A.C., México 1976.)





PROMOVIDO POR EL GRUPO ESPIRITUALIDAD DE LA CRUZ – CÁDIZ.

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